Desiderátum

En el planeta Venus del siglo XXXI, lugar donde se desarrolla la siguiente historia, podremos apreciar un ambiente híbrido entre la antigüedad y la modernidad debido a que muchas cosas siguieron igual a pesar de los avances tecnológicos, artísticos y culturales que acaecieron luego de abandonar el planeta tierra, como por ejemplo las diferencias socioeconómicas, los grupos terroristas, la inesperada presencia de las religiones y de bibliotecas con libros impresos en papel, además de otras menos significativas como la presencia de restaurantes y el trabajo presencial en contraste con el trabajo online. Aunque era de esperarse que las diferencias socioeconómicas perduraran al igual que la violencia, y en el caso de esta última no solo por parte de grupos al margen de la ley sino también como una faceta del ser humano, lo extraño del caso de las religiones es que estas nunca se pronunciaron acerca de que el hombre haya abandonado el planeta tierra, teniendo en cuenta que fue el suceso más importante de la historia de la humanidad después del renacimiento, sino que estas hicieron caso omiso y siguieron con sus actividades. Por otro lado, la presencia de las bibliotecas con libros impresos en papel es significativa si se piensa que dichos libros impresos en papel comenzaron a ser obsoletos desde finales del siglo XX y reemplazables por los libros digitales, se deduce que estos libros impresos en papel se mantuvieron en la sociedad a modo de ceremonia. El caso de los restaurantes es igualmente extraño, luego de la invención y la evolución de las esferas alimenticias que terminaron por volver obsoletos a los alimentos tradicionales, la industria alimentaria y los restaurantes siguieron funcionando de la misma manera a causa de que la comida se siguió consumiendo a modo de ceremonia como sucedió con los libros impresos en papel.

Alberto es un abogado y cuenta con 44 años de edad, en relación con su oficio se puede decir que sucede lo mismo que sucede con la religión y con las otras cosas anteriormente mencionadas, es decir, que su oficio es atemporal en la sociedad, pues mientras en una sociedad exista el crimen existirá la justicia. Alberto se encuentra en una biblioteca pública esperando a Cándido, el cual es un detective de la policía; en relación con Cándido se puede decir que cuenta con 45 años de edad y en relación con su oficio se puede decir exactamente lo mismo que del oficio de Alberto, o sea, que sigue siendo un oficio atemporal a pesar de los avances tecnológicos. Ahora bien, Alberto es un hombre de aspecto inmaculado, el tono de su cabello es blanco y su textura es eléctrica, sus ojos son negros y aunque no poseen venas brotadas, la esclerótica de estos tiene un afiebrado color amarillento, sus labios son escasos y de una textura que recuerda las hojas marchitas, está escrupulosamente afeitado,  su nariz es aquilina, sus cejas son delgadas a un mismo tiempo que son espesas y la contextura de su cuerpo es famélica y marcial; este hombre está vestido con una camisa manga larga de color blanco, un pantalón de color negro sujetado por una fina correa de color castaño y unos zapatos de color negro adornados con una formidable hebilla metálica que se entreve mientras este camina. Alberto se encuentra en el sexto piso de la biblioteca observando por un ciclópeo ventanal los contrastes de la metrópolis, con la atención erecta a la que induce el prejuicio que inspiran las bibliotecas, y pasados unos 15 minutos de espera aparece Cándido, Alberto le hace una seña con la mano para revelar su ubicación y Cándido se dispone en dirección hacia donde este se encuentra, pasando por una amplia sala llena de bibliófilos, bibliotecarios, androides y titánicos estantes saturados de magnos volúmenes. Ambos hombres se saludan con un apretón de manos y se disponen a visitar las atracciones de la biblioteca; Cándido tiene un aspecto muy similar a Alberto, y si Alberto tiene un aire de licenciado militar, Cándido tiene un aspecto de ilustrado beligerante; pues, Cándido es un hombre alto, su musculatura nos recuerda la contextura de los artistas marciales, su cabello posee el color de las tinieblas, está cortado de manera lineal y relampaguea férreamente por efecto del fijador, sus ojos son grisáceos y las cuencas en las que estos viven sumergidos están maquilladas de aridez y de insomnio, sus cejas se ven como el rugido de un tigre, su prominente mandíbula nos sugiere un hombre primitivo y el color sus labios pulposos no se diferencia de mucho del tono solar de su rostro, además, Cándido luce una gabardina de cuero de color negro, y por lo que se entreve, su pantalón es similar al de Alberto, también de color negro como son también similares sus zapatos a los de Alberto. «Tiempo sin vernos», dice Cándido apretando la mano de Alberto una vez hubo llegado, «¿cómo has estado?», pregunta Alberto con una leve sonrisa, «no me puedo quejar», responde Cándido y agrega, «¿y que ha sido de tu vida?», «pleitos y más pleitos», responde Alberto a la vez que hace un ademán con la mano para que ambos sigan por un pasillo, y lo hacen. «La última vez que estuve aquí fue para una exposición de fotografía acerca de las sociedades que han colapsado en otros planetas», comenta Cándido mientras ambos caminan por un silencioso pasillo sombreado tenuemente con luces doradas, cuyo techo era alto y cuyo piso estaba adornado con una monumental alfombra de color negro, «¿y qué tal estuvo?», pregunta Alberto, «interesante, incluso vino la prensa para admirar la exposición y la cátedra de historia», responde Cándido, «yo opino que debieron esperar más tiempo, es decir, que aunque tenían la posibilidad de llegar e instalarse en un planeta determinado, la cuestión era exactamente esa, que tenían la posibilidad y no la certidumbre. Incluso los más calificados historiadores e investigadores tuvieron la oportunidad de viajar a los planetas en cuestión y solamente apoyados por las más grandes empresas dedicadas a este tipo de expediciones, es decir, que, si se toma con rigor el asunto, incluso hoy en día el viaje al espacio exterior sigue siendo una cuestión en la que hay que tomar máximas precauciones», opina Alberto, «se dice que en aquel entonces la comunicación por medio satelital era mucho más arcaica, y que los datos que se pudieron obtener eran muy poco ilustrativos a causa de su escasa resolución y por lo tanto poco confiables, sin embargo, la cantidad inaudita de pruebas terminó por convencer al vulgo de la desgracia mientras que las entidades que se ocupaban del tema guardaron silencio; con el tiempo los expertos estimaron que las vidas humanas que se extinguieron en esas expediciones doblaba la suma de vidas humanas que se podían contar en el planeta tierra», expone Cándido, «entonces tenemos entendido lo mismo», dice Alberto y continua, «por mi parte yo nunca he salido de Venus, y ahora que hablamos de calamidades me parece que Venus no pasa por su mejor momento», comenta Alberto, «sé a qué te refieres y a donde quieres llegar», interrumpe fríamente Cándido, a lo que Alberto responde con un corto silencio y prosigue, «la sociedad venusina se encuentra demasiado agitada y me da la impresión de que esto se debe a que la sociedad moderna es mucho más grande que la sociedad que existía en el planeta tierra, la cual se abandonó en medio de un colapso, a lo que me refiero es a que el volumen de la sociedad moderna necesita un tratamiento de acuerdo a sus necesidades, puesto que si es cierto que se ha creado más sociedad desde que se abandonó el planeta tierra, también es cierto que se ha destruido en la misma medida», «a eso me refería», exclama Cándido y dice, «creo que la idea de que la sociedad en la que vivimos pueda llegar a colapsar es una idea verosímil, puesto que uno se figura la historia solo por sus parte álgidas, es decir… ¿cómo no podríamos imaginar que en algún momento, dos hombres como tú y como yo tuvieron esta misma charla en alguna de esas sociedades que colapsaron?», «seguramente sucedió», exclama Alberto, «a diario o soy testigo, o me entero o soy parte activa de allanamientos, de extorsiones, de condenas, de secuestros, de asesinatos…», comenta Cándido observando la puerta que daba fin al suntuoso pasillo y concluye, «y me parece que es excesivo no solo por lo supurativo de la violencia, sino por la imagen global que arrojan estas cifras, y en otro orden de cosas, es de suponer que la paranoia que ha generado el encabezado “sociedades colapsadas” tenga a muchos con la idea de emigrar a otros planetas», «sin embargo hay una mayoría que afirma que el presente es mucho más eficiente que el pasado», objeta Alberto y prosigue, «es posible que este caos sea un efecto secundario del progreso como lo son los dolores de un parto…», ambos interrumpen la charla al terminar de recorrer el pasillo y penetran en una excelsa sala de exposiciones.

La atmosfera de la sala está suavemente ahumada con música docta contemporánea, la cual acompaña una exhibición de pinturas y de fotografías acerca de temas bélicos relevantes en Vila, la ciudad donde se encuentran Alberto y Cándido; además, también se alcanzan a apreciar vastas esculturas que retratan casos históricos en que la experimentación con seres humanos tuvo lamentables efectos secundarios, como también pinturas acerca de la cultura que floreció con la tecnología androide y otras curiosidades del siglo XXXI como el súmmum de la clonación. Cándido y Alberto recorren la galería observando las obras artísticas con mediana atención y pasados algunos minutos Alberto comenta, «un poco trágico, ¿no lo crees?», «efectivamente», responde Cándido y sugiere, «¿qué te parece si debatimos al respecto?», «tu dirás», responde Alberto, «¿qué es lo sublime?», interroga Cándido, «supongo que es lo máximo de lo positivo, como lo es la verdad», responde Alberto sin apartar la vista de la exposición, «bueno, ya que has diferenciado de manera subliminal el concepto de lo positivo como una cuestión moral del concepto de lo positivo como una parte opuesta a otra, pregunto, ¿puede haber algo inmoral que se pueda considerar como sublime?», indaga Cándido, «para poder responder a esa pregunta es necesario tener la certidumbre de que la moral de la que se habla es sublime, y según tu definición de lo sublime, esta moral no podría ser otra cosa que una doctrina lógica para poder ser considerada como tal, por lo que se deduce que si no fuera una doctrina lógica entonces sería una mentira y es bastante sensato creer que no hay mentiras sublimes, y en el caso de que se siguieran las leyes de una moral que no se puede considerar sublime por su falsedad sería estar bien apartados de la sublimidad y mucho más próximos al fanatismo; por dichas razones concluyo que un acto puede ser inmoral y sublime siempre y cuando la moral este en un error de acuerdo a las leyes de la lógica, y que quien la transgreda cuente con el favor de la verdad», argumenta Alberto mientras observa a los demás visitantes de la exposición y continúa, «no obstante, deduzco que lo que tu pregunta insinúa es que es factible creer que los actos perversos puedan ser sublimes dado que existe cierta clase de belleza en lo inmoral», «son aseveraciones, no podrías comprobar que yo haya pensado semejante cosa», objeta Cándido mientras ambos siguen recorriendo la sala de exposiciones, «tampoco podría comprobar que ha sido el matiz funesto de la exposición lo que te ha inspirado para iniciar el debate», objeta Alberto plácidamente, «no importa que no lo puedas comprobar», exclama Cándido y añade, «en el caso de que yo haya querido decir que hay un tipo de belleza en lo maligno, opino que la belleza se puede manifestar tanto en el bien como en el mal, es como pronunciar una falacia con todas las galas del buen decir o expresar una genialidad a los trancazos», «o sea que el bien o el mal pueden ser parte de un todo en el que la belleza puede verse o no incluida», conjetura Alberto con desgano, «indudablemente», responde Cándido mientras se aparta de Alberto para observar un video bélico que se reproduce en un estante de oro de la misma manera en que los bustos de los filósofos se presentaban en bases de mármol en la antigüedad, y continúa, «también es válido pensar que en realidad no hay belleza en lo maligno en sí, sino que es nuestro gusto el que lo hermosea, como también es válido pensar que la belleza del mal consiste es en la manera en que este se expresa o la manera en que este es retratado», «lo mismo podríamos decir de la bondad, que no es que la bondad sea divina en sí, sino que todo radica en nuestros gustos y en la forma en que esta se expresa o en la forma en que esta es retratada», comenta Alberto, «en este apartado es muy sencillo concluir que se tilda de sublime aquella de las dos que es más conveniente, y que es harto elocuente elegir lo más conveniente», concluye Cándido. Habiendo recorrido la sala de exposiciones y luego de dejar algunos comentarios a los artistas, Alberto y Cándido se dirigieron a la delicatessen, compraron licor y algunos pasteles de hojaldre con lonchas de jamón y de queso, y luego se dirigieron a una sala donde proyectan videos de interés general para comer y descansar. Ya en la sala de audiovisuales nuestros protagonistas se encuentran con una proyección en 3D sobre la historia de la llegada del hombre a Venus y ambos se sientan en unos puestos al final de la sala; en la sala, que estaba a oscuras, había otros individuos durmiendo, otros cuantos observando las proyecciones y algunos otros absortos en sus aparatos de realidad virtual. Cándido y Alberto consumen su merienda mientras observan videos sobre la historia de Venus y sobre las novedades artísticas y culturales de Venus y de otros planetas con los que Venus tiene un contacto estable. Luego de una hora poco más o menos, Cándido recibe una llamada de emergencia del departamento de policía al que pertenece, por lo que se retira de la sala para poder hablar cómodamente; Cándido se queda de pie por largo rato enviando documentos y discutiendo con sus colegas acerca de los más corruptos casos, y pasada otra hora poco más o menos, Cándido hace una seña a Alberto para que se marchen de la biblioteca, puesto que la llamada era importante y ya se acercaba la hora a la que la biblioteca cerraría.

Ya en la calle y al caer la tarde Cándido termina su llamada y Alberto comienza a fumar (otra de las curiosidades anacrónicas del siglo XXXI) y, acto seguido, ambos se disponen a deambular por Vila. Vila es una ciudad relativamente pequeña, con una población estimada de 6 millones de personas aproximadamente, su economía es notablemente prospera, aunque no es ciertamente un atractivo turístico debido a que una parte de su economía se debe a dineros mal habidos y otra parte a la brutal industrialización, eso sin contar la miseria extrema en la que vive cierta parte de su población. Luego de caminar algunas calles repletas de vendedores ambulantes e indigentes, Cándido y Alberto llegan a una anchurosa avenida donde el tráfico se había paralizado y ambos se disponen a caminar en un andén ubicado al lado de la avenida y con un soberbio ocaso a sus espaldas, difuminados por la muchedumbre y azotados por un ambrosíaco vendaval; «hablábamos de lo conveniente, acerca de que la bondad es sublime porque es más conveniente que la maldad y es por lo tanto más lógica, sin embargo, es fácil deducir que la maldad es conveniente para la parte que la perpetra e indeseable para la parte que la sufre, y planteada así la cuestión se puede discernir que la maldad es sublime para el primero, puesto que para él esto es lo conveniente y es por lo tanto lo lógico, no obstante, una definición más amplia de la moral nos puede explicar la supuesta falacia de este apartado», opina Alberto mientras inhala el vaho que desprende la horda y que se mezcla con el fragor del tráfico y continua su discurso, «la moral es un compendio de conductas que pretenden proteger la dignidad no solo del individuo sino del colectivo, por lo que la divergencia que surge es reemplazada por los intereses generales, y puede colegirse de lo dicho que el victimario ha sido protegido desde siempre por la moral, del mismo modo que ha protegido la dignidad de su víctima», «se me viene a la mente la idea de que no solo la moral pueda tener sus quiebres ante la leyes de la lógica como en los casos en los que esta no es sublime, sino también que la dignidad de un individuo se pueda ver pisoteada por ser de una naturaleza caprichosa, y que quien lo vulnera lo hace como una reacción ante el absurdo», comenta Cándido, «espléndido», exclama Alberto y continua, «en relación con el ejemplo que acabas de exponer, quiero añadir que es necesario clasificar los actos perversos para entender mejor tanto a la víctima como al victimario. Los actos perversos se pueden clasificar de la siguiente manera: los actos perversos que son producto de la ignorancia, los actos perversos que son producto de la venganza, los actos perversos que son producto del sadismo y los actos perversos que son producto de intentar resolver el caos. Basados en el primer punto, aquel que versa sobre los actos perversos producto de la ignorancia, podemos figurarnos que el personaje de tu ejemplo cuya naturaleza es caprichosa puede ser o no consciente de su capricho, es decir que, según su dictamen, él está actuando de manera lógica y moral o, por el contrario, ser consciente de que está haciendo o diciendo algo indebido. Siguiendo con tu ejemplo y en relación con quien vulnera al individuo cuya naturaleza es caprichosa, se puede decir que es posible tanto que este resolviendo la errata como es posible que esté utilizando el estupor del individuo para dar rienda suelta a su sadismo, como también se puede considerar sádico que el primer individuo cometa actos indebidos por capricho y a consciencia. Para condensar lo dicho opino que puede darse el caso en que la moral posea puntos débiles en relación con las leyes de la lógica y que sean las personas quienes procedan sublimemente, o que puede darse el caso en que la moral sea en suma sublime y que sean las personas quienes procedan erróneamente de acuerdo a las leyes de la lógica», «quiero traer a colación el término “inocencia”», objeta Cándido mientras evita algunos escombros que se encuentran en el piso y continúa, «¿no es inocente aquel que comete un crimen siendo ignorante de que lo comete?», «sin duda», responde Alberto, «¿y no consiste la inocencia más que en la ignorancia?», pregunta Cándido, «únicamente en la ignorancia», responde Alberto, «ahondemos todavía un poco más», dice Cándido, a la vez que mete sus manos en los bolsillos de su gabardina y continua, «cabe anticipar aquí que el término “inocencia” significa que alguien es libre de culpa, aunque otra acepción sugiere que es sinónimo de cándido, y es justamente cándido por la ignorancia y por la inexperiencia, ¿y no son la ignorancia y la inexperiencia el negativo del conocimiento y la experiencia?», «la ignorancia y la inexperiencia son antónimos del conocimiento y la experiencia respectivamente», responde Alberto, «y apelando a la acepción del término inocencia que denota una cualidad de cándido, ¿cómo podríamos tomar por sublime a la inocencia cuando es el negativo del conocimiento y la experiencia?», indaga Cándido, «no podemos tomar por sublime a la inocencia en ninguna de sus acepciones, me figuro que es una cualidad muy somera», responde Alberto.

Luego de una caminata por la avenida, Cándido y Alberto terminan por llegar a un gran puente y se ubican en el andén de este para admirar el paisaje desde lo alto; ambos observan los rápidos de carros y de naves cuyas luces se avivan con la caída de la noche y encuentran en la polución del ambiente una insolente nostalgia. «Me temo que hay puntos débiles en nuestros enunciados», dice Cándido, retomando el debate, «¿a qué te refieres?», pregunta Alberto, «verás, habíamos dicho que el conocimiento es el negativo de la ignorancia», expresa Cándido y anota, «pero a esto se puede objetar que no se puede saber todo y por lo tanto algo se ignora, y siendo esto así, nada impide afirmar que todos seamos ignorantes e inocentes y por lo tanto ajenos a la sublimidad, pero esto es más similar a un puzle que a un razonamiento serio, porque no se puede decir que ese rascacielos no es alto solamente porque no recorre todo el universo», «ciertamente», opina Alberto y añade, «pero creo que nos hemos desviado por los prejuicios acerca del aire grave y solemne que debe tener aquello que se considera sublime; al comenzar estas reflexiones señalé que lo sublime es aquello que es máximo y positivo, como lo es la verdad a la mentira o como lo es la luz a la oscuridad, pero me figuro que hay otros asuntos que pueden llenar los requisitos de lo sublime como la economía, ¿qué opinas al respecto?», «pues, siendo la economía lo contrario de la pobreza y la primera deseable y conveniente y la segunda indeseable e inconveniente, además de provechosa tanto a nivel individual como colectivo, no veo porque no se la pueda considerar como sublime», responde Cándido, «será porque la economía hace parte de un todo en la sociedad, al igual que concluimos acerca del tema de que puede haber belleza en lo moral o en lo inmoral dado que en esos casos la belleza se ha presentado como parte de un todo», dice Alberto, con un velo de cabellos revueltos por el céfiro nocturno y continua, «no se necesita mucho seso para concluir que la mera economía no sería suficiente para determinar que una sociedad fuera sublime, me parece que otros factores esenciales podrían ser la tecnología, el arte, la cultura o los recursos naturales», a lo que Cándido responde mientras observa el carro que viene a recogerlo, «Alberto, la cuestión ahora parece muy evidente, la definición de lo sublime tiene un aspecto minimalista, pero a la hora de aplicarla a cualquier cosa se vuelve compleja al punto de que estamos imaginando una utopía; quizá la idea implícita que tenemos de lo sublime como un todo formado por diversas partes se forma en nuestra mente por la sensación que nos inspira la experiencia, y en el momento en el que intentamos transponer la sensación que nos inspira la experiencia a otra cosa como a una ciudad, se vuelve imposible porque la ciudad no es un todo en el estricto sentido de la palabra como lo son nuestros cuerpos. En cuanto a la idea de que la verdad es sublime en relación a que tenemos un concepto de lo sublime gracias a la sensación que nos inspira la experiencia, hay que tener en cuenta que para que esta verdad sea sublime y sea expresada satisfactoriamente se necesitan otros factores como un idioma, un alfabeto, ortografía, gramática, retórica, lógica, oratoria y experiencia, y siendo cada uno de estos factores un mundo, es de esperarse que si esto mismo se aplica a una ciudad, que como ya he mencionado no es un todo en el estricto sentido de la palabra, se vuelva una cuestión utópica», «impecable», comenta Alberto con una leve sonrisa. Un carro lujoso y antiguo de color rojo llega a recoger a Cándido, por lo que ambos hombres se despiden con un apretón de manos, y un momento después el carro se pierde en el oleaje del tráfico nocturno junto con Cándido; por su parte, Alberto tira la colilla de un cigarrillo y se dispone a encender otro para seguir absorto en las más draconianas disertaciones.

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