La iglesia de los siete demonios

Las breves historias hasta ahora relatadas han tenido lugar en el siglo XXXI, y como el lector habrá podido apreciar, estas historias suelen describir el contexto histórico en el que se desarrollan, pues, el caso de la siguiente historia tiene que ver es con las religiones, que como ya había mencionado, se mantuvieron en pie a pesar del tiempo y los cambios sociales que tuvieron lugar luego de que el hombre abandonara el planeta tierra; a pesar de que las religiones se han dado naturalmente en todas las culturas a lo largo de la existencia de la humanidad se tiene documentado que estas no siempre han estado en movimiento en relación con sus máximas figuras, es decir, que el flujo de profetas, mártires o dioses que han pasado a la historia de dichas religiones en algún momento ha cesado y dichas religiones han seguido sus actividades sin que nuevas figuras enriquezcan su historia, pues, luego de abandonar el planeta tierra surgió un renacimiento filosófico debido al conocimiento a posteriori que se alcanzó con la relativa conquista del universo más próximo, y aunque las religiones no se pronunciaron públicamente acerca de este hecho histórico y de los sucesivos avances tecnológicos, un notable flujo de pensadores, gurús, filósofos y místicos tuvo inicio a mediados del siglo XXVII, este movimiento se debió en parte al nuevo estilo de vida al que los conduciría la revolución científica tanto para bien como para mal.

El protagonista de la siguiente historia es Aldo, este hombre cuenta con 50 años de edad, vive en el planeta Marte, en un país cuyo nombre es Corinto y su casa está ubicada exactamente en el distrito No.7, en la cual vive una vida ascética y solitaria; Aldo es maestro de filosofía y entre sus méritos se encuentran el haber publicado un sin número de libros acerca de cuestiones filosóficas concernientes al nuevo orden mundial marciano, libros acerca de la filosofía del arte y cómo criticar el arte de manera objetiva, además de libros que tratan acerca de sus pensamientos filosóficos en relación con las doctrinas de algunos pensadores, místicos y filósofos antiguos y contemporáneos considerados como tal desde la conquista de Marte y el haber sido maestro personal de presidentes y emperadores. Aldo conoció a Fedro en Urano hace ya unos 6 años, en relación con Fedro se puede decir que es un sacerdote perteneciente a La Iglesia de los Siete Demonios, y en relación con esta iglesia se puede decir que es una institución religiosa fundada a finales del siglo XXII en el planeta tierra; esta iglesia profesa la racionalización de las creencias religiosas como una necesidad atemporal del hombre, como también profesa la necesidad del culto, del misterio y de la idolatría. Como lo dije anteriormente, Aldo conoció a Fedro en Urano, pues, en aquel entonces Fedro se encontraba por orden y auspicio de La Iglesia de los Siete Demonios recolectando artilugios religiosos para vender en subastas y haciendo unas investigaciones sobre la crisis mundial en ese planeta, el cual en la actualidad está casi deshabitado por poseer un clima inadecuado para la vida humana a pesar de todos los recursos tecnológicos que responden a este tipo de necesidades, pues, según las declaraciones de los medios de comunicación; Aldo por su parte se encontraba en Urano porque es de ese tipo de personas aficionadas a viajar constantemente, y gracias a que las noticias habían documentado la hecatombe, pues, Aldo decidió que quería vivir en carne propia ese momento histórico en el que la gestante sociedad de Urano comenzaría a evacuar el planeta, además de aprovechar la ocasión para conseguir documentos, artilugios y testimonios como parte del material que utilizaría en algunas de sus futuras obras literarias. Aldo y Fedro se conocieron exactamente en una de las estaciones del metro de Alameda, uno de los tres grandes estados formados en Urano, pues, mientras Aldo esperaba el metro vio aparecer a Fedro, e inquietado por el porte y la vestimenta de Fedro se acercó a él para preguntarle si era una especie de ocultista y, para su sorpresa, éste lo reconoció gracias a la pequeña pero significativa fama de Aldo en el mundo literario, luego ambos mantuvieron una conversación que se extendió no solo en el metro sino también por algunos meses mientras ambos concluían sus respectivos asuntos, y al final quedaron de contactarse vía internet para futuros encuentros o para cualquier novedad que resultase acerca de sus mutuos intereses. Hace dos meses poco más o menos Fedro publicó en su sitio web que había sido trasladado a la sede marciana de La iglesia de los Siete Demonios en Corinto para oficiar allí sus ceremonias religiosas, y Aldo no tardó en escribir a Fedro que sería grato verse de nuevo en persona y ambos concretaron una cita.

Es martes y es el día en que Aldo irá a visitar a Fedro, son las 2:00 pm, el día está grisáceamente nublado y una llovizna abúlica se cierne sobre la parte sur de Corinto; Aldo está vestido con una camiseta manga larga y semi formal de color negro, esta no posee botones, es gruesa y de cuello alto, también luce un elegante pantalón negro y tanto la camiseta como el pantalón están levemente ajustados al cuerpo, sus zapatos son de un opaco y negro cuero y además luce numerosos anillos en sus manos; en relación con el aspecto de Aldo se puede decir que es un hombre alto, mide aproximadamente 1,80 m, su tez es de color blanquecino y su textura es farinácea, su cabello es corto, grueso, liso y de color negro y está cortado meticulosamente, sus cejas son gruesas y están naturalmente organizadas, sus labios son purpurinos y semi carnosos, su nariz tiene una forma levemente irregular y a un mismo tiempo es delgada y afilada, sus ojos son negros y meditan tranquilamente en la perpetua oscuridad de las ojeras que revisten sus cuencas, está afeitado al ras y el resto de su cuerpo posee una contextura enjuta. Aldo ha dejado el computador encendido para escuchar las noticias, de momento el presentador habla acerca de una persecución en la quinta avenida del distrito No.11, y Aldo escucha atentamente las noticias junto con el susurro pluvial mientras se sirve algo de café; el departamento de Aldo está repleto de pinturas siniestras, de libros y revistas culturales esparcidas desordenadamente por todas partes, de artilugios esotéricos y curiosidades arqueológicas que ha conseguido en subastas y mercados de dudosa reputación. Aldo se sienta en un asiento al frente del escritorio, lugar donde está ubicado el computador y escribe: “Fedro, estaré en la iglesia en media hora poco más o menos”, a lo que Fedro responde, “Listo, estaré atento a tu llegada”, pues, Aldo termina de organizar algunos documentos en el computador mientras se toma el café junto con un par de huevos y lonchas de tocino, y luego de terminada la merienda Aldo activa una lista de reproducción con sus canciones favoritas, apaga la luz y parte rumbo a la iglesia. Aldo entra en un carro de color blanco, de porte simple pero solemne, se sienta en uno de los asientos traseros de este y dicta la dirección al computador del carro para que este lo lleva a su destino y el carro arranca; Aldo observa por la ventana del carro el fluir de las personas, de los carros y de la metrópolis misma hecho una mancha ininteligible por la velocidad del movimiento y su calor corporal hace que los vidrios del carro se empañen. Luego de un rato Aldo llega a La iglesia de los Siete Demonios, la cual está ubicada al frente de una avenida repleta de rascacielos y de una considerable contaminación auditiva, pues, el carro de Aldo se detiene en la entrada de la iglesia y Aldo baja la ventana del carro y presenta su cédula a un androide que cumple la función de guarda de seguridad, y luego de que el androide verifica la identidad de Aldo, el cual ya estaba anunciado en la portería, procede a abrir las puertas y a devolver la cédula a Aldo, Aldo toma su cédula y sube la ventana del carro, luego el carro entra y recorre un largo sendero en el que se aprecian algunos monumentos de los personajes más sobresalientes de dicha iglesia y una variedad de flora que está acompañada por un cartel que reza sus respectivos nombres científicos. Después de llegar al parqueadero Aldo se baja del carro y se dispone en dirección a la iglesia; en relación con el aspecto de la iglesia se puede decir que es una edificación que ha sido construida inspirada en las más íntimas intenciones religiones, pues, esta está subdividida en diversas secciones, entre las que se destacan una biblioteca exclusiva para autores dedicados a temáticas lúgubres, esotéricas o filosóficas, cuenta también con diversos auditorios que se utilizan para conversatorios, exposiciones y conciertos, además de poseer un museo que exhibe la historia de La Iglesia de los Siete Demonios no solo en Corinto y en Marte sino también en otros planetas, además de una vasta cripta subterránea en la que se encuentran los restos de siniestros personajes marcianos que han pertenecido a dicha iglesia y, por supuesto, el templo religioso en el que se ofician misas diariamente. Luego de haber recorrido el parqueadero bajo la llovizna Aldo sube unas escaleras que están en la entrada de la iglesia, pues, entra en la iglesia y se encuentra con Fedro, ambos personajes se saludan con un apretón de manos y luego ambos se disponen a caminar por el ala derecha de la iglesia; en relación con el aspecto de Fedro se puede decir que es un hombre de aspecto espiritual e intelectual, mide aproximadamente 1,76 m, la contextura de su cuerpo es medianamente atlética, su cabello es largo, brilloso y ondulado, de textura etérea, de color miel y de una extensión que abarca por completo su espalda, sus ojos son de color rojo, sus cejas son finas y están naturalmente organizadas, sus labios son pequeños, lívidos y áridos y está minuciosamente afeitado, además está vestido con un traje formal de color negro, una camiseta de color negro y cuello redondo debajo de un blazer abotonado, una correa negra y delgada adornada con una fina hebilla de oro, un pantalón negro con pliegues frontales y unos zapatos negros de punta afilada y, además, cuenta con 39 años de edad. «Señor Aldo, ¿cómo ha estado?», pregunta Fedro, «muy bien, gracias, ¿y usted?», responde Aldo gravemente y pregunta, «bien», responde Fedro con laconismo, «eso es lo importante», comenta Aldo y continúa, «he notado que tus publicaciones en internet son siempre cosas acerca de la iglesia y nunca cosas acerca de tu vida privada», «bueno, esta iglesia suele ser muy liberal en ese sentido, con la vida privada y ese tipo de asuntos, más sin embargo es común que los miembros de esta religión posean una faceta harto grave y de lo cual yo no soy la excepción, de modo que mi reserva se debe es a una elección personal y no a una imposición», responde Fedro mientras ambos caminan y observan pinturas y esculturas de demonios, de personajes místicos y de escenas de las sagradas escrituras de dicha religión, las cuales estaban sumidas en las sombras y resaltadas por la tenue iluminación que se filtraba por los ciclópeos vitrales de la iglesia, «volviéndote a ver reafirmo mi impresión de que es notable tu porte y tu actitud ocultista», comenta Aldo retomando la charla, «dices, en palabras más castizas, que te extraña que exhiba mi carácter ocultista y que posea una faceta filosófica, y que siendo tu caso el de un filósofo que posee una faceta ocultista, pues, llegas a la conclusión de que somos el mismo individuo pero con una de las dos facetas declaradas, al punto de que una de las dos ha sido el oficio al cual hemos consagrado nuestras vidas», responde Fedro, «en ningún momento he dicho tales cosas», exclama Aldo y agrega, «sin embargo, opino que el gusto por la razón o por lo oculto es más que todo una fijación, una fijación como la que los artistas tienen con la belleza, y que a veces se pretende teorizar o justificar dichas fijaciones, o sea, en el caso del ocultismo lo que sucede es que a una tendencia ingénita por lo siniestro se le atribuyen magnos significados, y en el caso de la filosofía lo que sucede es que nunca ha sido un misterio que cualquier individuo puede razonar en pro de lo que le cautiva y en contra de lo que le importuna», «seguramente», responde Fedro mientras invita a Aldo a sentarse en uno de los bancos destinado para la congregación y ambos se sientan. «No creo que el término “fijación” sea equívoco para este caso», dice Fedro, retomando el hilo de la conversación y prosigue, «pues, muchos asuntos se apoderan de la mente humana, como la ambición o la vanidad, y siendo la lógica tan simplista a cada quien le parece que su fijación es contundente en extremo; en mi caso y en el caso específico de la religión puedo decir que la cuestión radica en la necesidad del ritual y del misterio porque no es la mera protección de una entidad imaginaria, porque para eso existen las armas o la policía, es la necesidad de un ente superior. Este caso se me antoja muy similar al de la educación pública, que como ya sabemos ha sido desde siempre obsoleta y reemplazable por las tradicionales clases particulares o por el aprendizaje autodidacta mediante las bibliotecas o el internet», «es el pathos la razón por la cual nunca se le han dicho este tipo de cosas a las iglesias de la senda de la luz», objeta Aldo y continúa, «porque en relación con el ejemplo de la educación pública se puede afirmar que si las personas pueden aprender en conjunto también lo pueden hacer en solitario, por lo que los planteles educativos son obsoletos en este aspecto, como ya lo dijiste, e igualmente los rituales de alabanza y todas las demás pasiones religiosas pueden realizarse tanto en la iglesia como a solas, de lo que se deduce que la iglesia es innecesaria, y si esto es así, ¿por qué las cosas han sido como han sido?, pues, todo apunta a que en verdad hay una necesidad de culto y de ritual, porque si no se le encuentra sentido a aprender en conjunto lo que se puede aprender en solitario ni a realizar rituales en conjunto cuando se pueden realizar a solas, el sentido sería que tanto la educación pública y la iglesia son instituciones basadas en la necesidad del ritual, un ritual de carácter colectivo, y esto, claro está, dejando de lado las conspiraciones y los significados ocultos e impronunciables en los que se escudará principalmente la religión», «un ejemplo que encuentro más ilustrativo es el de la sexualidad: aparte de los atributos físicos de los amantes, muchas personas encuentran cierto deleite en experimentar una sensación de depravación o de sublimidad en sus relaciones sexuales», afirma Fedro y continúa, «y esto es similar a lo que sucede en las iglesias en relación con la sensación de benignidad o de malignidad, por lo que no quiero que subestimes el término “ritual”, porque en ciertas instancias las fijaciones de las personas pueden adquirir proporciones mentales superlativas», «recuerdo que una vez…», dice Aldo, hace una leve pausa y continúa, «yo estaba en el Coliseo en uno de esos shows de lucha libre, no sé si alguna vez has asistido, el caso es que habían unos hombres en el público fornicando con tres mujeres, pues, de aquellas que se presentan como parte ornamental del show, y resulta que de un momento a otro estos individuos comenzaron a comérselas vivas», «¿y qué pasó?», pregunta Fedro fríamente, «terminaron por comérselas hasta dejarlas hechas un montón de huesos con algunos jirones de carne sanguinolenta; Fedro…pienso que este suceso tiene algunas particularidades que pueden ilustrar nuestros razonamientos, pues, pienso que ese acto funciona de la misma manera que funciona la catarsis de los rituales colectivos, y pienso que no hubiese surtido el mismo efecto si dicho acto hubiese sucedido en solitario», explica Aldo, «convengo en ello», expresa Fedro, «también opino que comer carne cruda, medio tibia y sin ningún tipo de guisante no es algo que pueda considerarse apetitoso, por lo que deduzco que tu comentario acerca de que no subestime las dimensiones que pueden alcanzar las fijaciones, sean coherentes o no, se ve reflejado en esta anécdota; además opino que aparte del efecto del ritual en masa de esta anécdota también se puede señalar como factor clave la sensación de malignidad», concluye Aldo. «No olvidemos el tema de la idolatría», comenta Fedro cambiando el tema y prosigue, «siendo la religión un hecho o una ficción, es innegable que las personas adeptas a una religión practican la idolatría mediante las oraciones, los cánticos e inclusive los sacrificios, y que si negáramos la religión como un hecho, es decir, con la existencia de todos los ángeles, demonios, infiernos o paraísos, lo cierto es que el deseo de un culto idólatra ha sido genuino aunque se afirme y compruebe que ha sido basado en una mentira o que todo se resume a una serie de metáforas y alegorías indescifrables», «lo que quieres decir, Fedro…», comenta Aldo mientras ambos centran su atención en el ensayo del oscuro coro de la iglesia, «es que el sentir del creyente es real aunque la religión sea un invento o una alegoría», «y aunque la religión fuera un embuste esta se mueve también por compatibilidad de caracteres y estilos de vida», objeta Fedro y prosigue, «lo mismo sucede con la imaginería religiosa o con las representaciones, que si bien nadie ha confirmado que los demonios o los ángeles sean representaciones, pues, en el caso de que lo fueran sería congruente concluir que se trata de la naturaleza espiritual de las personas», «del mismo modo que procede la ficción en la literatura», comenta Aldo, «aunque la literatura tampoco ha confesado que la ficción trate de representaciones», objeta Fedro, «no lo ha confesado», responde Aldo y agrega, «además que dichas imágenes podrían hacerse en solitario pero deduzco que la explicación a esto es la misma de la anécdota acerca del canibalismo en el Coliseo, es decir, que todo se resume a una catarsis pública», «tú lo has dicho», responde Fedro, y luego ambos se detienen un momento para escuchar el susurro mesurado de la llovizna acompañado de los truenos y los cánticos corales, y para observar el claroscuro de los visitantes que deambulan por la iglesia. «El ateísmo es otro asunto que persigue a las religiones, me figuro que las alegorías son una especie de vacuna contra este tipo de posturas», comenta Aldo rompiendo el silencio, «Aldo, la cuestión es muy elemental, surgen incongruencias porque estamos hablando, primero que todo, de la claudicante naturaleza humana y su esquivo intelecto y, segundo, porque la religión es un negocio», responde Fedro, «no puede ser de otra manera», exclama Aldo y prosigue, «esta discusión me recuerda la ley de atracción, posiblemente estas y otras críticas se inspiran en la grandilocuencia sinigual a la que se han entregado de manera pasiva las religiones, ¿no lo crees así?», «sí, estoy de acuerdo con tu dictamen en el punto de que las religiones son en extremo grandilocuentes», responde Fedro y continúa, «más sin embargo La Iglesia de los Siete Demonios dice al respecto que este tipo de actitudes altivas pueden practicarse siempre y cuando quienes las practiquen no se vean involucrados en asuntos legales y que inculpen a la iglesia, también dice que estas actitudes son un rasgo connatural de las personas y que la filosofía no puede cambiar, y dice que el hecho de que una persona se comporte de dicha manera no quiere decir que sea una persona egocéntrica y, en contraste, también dice que el hecho de que una persona posea un temperamento parsimonioso no significa que no sea altiva o vanidosa, pues, como tú lo acabas de expresar, las religiones, más que ninguna otra institución, han ostentado tanta solemnidad a pesar de sus altruistas intenciones, dice además que las personas son libres para comportarse como les plazca y que comentarios como el tuyo pueden crear una atmosfera represiva, sea para que las personas sean humildes a la fuerza o para que sean altivas artificialmente», «lo acabo de notar, es decir, eso de que puedo crear una atmosfera represiva con mi comentario», opina Aldo, pensativo, «además de que es una falacia», reanuda Fedro, «que las religiones sean graves en extremo no dice nada a favor o en contra de estas», «concuerdo contigo», responde Aldo; y luego Fedro invita a Aldo a caminar por las instalaciones de la iglesia y ambos se levantan del banco y se disponen en dirección a una puerta mientras Aldo observa algunas proyecciones de escenas religiosas en la alta bóveda de la iglesia.

Luego de pasar por una puerta Aldo y Fedro penetran en un neblinoso pasillo sostenido por pilares, cuyo techo es de la misma altura que el de la iglesia y del cual pende una hilera de lámparas de fuego, este pasillo mide alrededor de 12 metros de ancho y está alfombrado con una alfombra negra, además, a un lado del pasillo se encuentra una pared de color blanco y al otro lado del pasillo hay un prolijo jardín en el que ondea un ceniciento césped. «¿Qué es la depravación?», pregunta Aldo, «la depravación no es otra cosa que la desviación y/o la adulteración de lo que es natural…me explico, que un asesino salve vidas es algo depravado, que la filosofía no razone es algo depravado, sin embargo, hay asuntos que se entienden universalmente como depravados como la drogadicción, pues, la gente dice que es natural que el hombre busque el placer, mas no es natural que este placer lo subyugue y lo consuma, y es más, el depravado, aparte de gozar de sus fetiches, necesita aspirar el aroma de la malignidad y sus sentidos producen este aroma en relación con sus prejuicios», responde Fedro, «es decir que sin prejuicios la depravación se debilita», sugiere Aldo, «se debilita en el sentido poético pero el vicio sobrevive», objeta Fedro, y de pronto, Aldo alcanza a percatarse de la presencia de unos hombres que pasan por su lado y los cuales están vestidos con blancas ropas anchas y capuchas, «Fedro…¿qué son esos seres?», pregunta Aldo intrigado, «son hombres y no están muertos, tengo entendido que a basa de ciertas prácticas han logrado vivir más de lo normal y que su edad ronda los 500 años», Aldo se detiene absorto mientras asimila un aroma que nunca antes había olfateado a la vez que observa el rojo firmamento marciano, «sigamos», propone Fedro, a lo que Aldo obedece, «intuyo que la depravación se censura a modo de precaución, pues, con el fin de modelar la naturaleza del hombre en razón de que esta no se deforme, además pienso que el sentido común es una de las herramientas clave para modelar esta naturaleza», opina Aldo, «explícate», dice Fedro, «por supuesto», responde Aldo y continua, «la ambición, por ejemplo, ha llevado al hombre a la creación de la sociedad, y la ha creado puesto que le es posible, y el hombre no piensa en crear el universo puesto que no le es posible, ¿no es así?», «posiblemente…», responde Fedro, «es decir que mientras el hombre desee aquello que le es posible su ambición será saludable y coherente, pero si esta se deprava terminará subyugándolo y consumiéndolo como el ya citado caso de la drogadicción», añade Aldo, «convengo en ello», responde Fedro, «pero miremos el asunto desde otro ángulo», sugiere Aldo y prosigue, «¿quién no se ha imaginado a sí mismo destruyendo la mismísima creación en un arranque de ira?», «yo no, pero resulta sencillo figurárselo», responde Fedro, «bueno, ¿y donde quedarían nuestras emociones cuando no podamos hacer otra cosa que crispar nuestros puños?», inquiere Aldo, «en la inopia», responde Fedro, y luego vuelve a pasar otro grupo hombres vestidos de la misma manera que los anteriores, «es como si la idea de los aliens se hiciera real», comenta Aldo y pregunta, «¿son muchos?», «no lo sé», responde Fedro con algo de vaho saliendo de su boca a causa del frío, «bueno, no importa», comenta Aldo, «prosigue, por favor», dice Fedro, «y es necesario que la filosofía moldee hasta donde le sea posible nuestra naturaleza para no resultar vulnerados con semejantes tumores emocionales, los cuales son efecto del deprave, y saber diferenciar entre la objetividad y la deformidad», argumenta Aldo, «en relación con el ejemplo de la creación de la sociedad quiero expresar que no todo en la sociedad tiene el mismo mérito, aún con el entendimiento de que existen distintas clases de mérito, además de que la sociedad es un cúmulo de creaciones individuales y la forma en la que lo expresaste da la impresión de que una persona debe inspirarse para hacer su trabajo individual basado en un trabajo colectivo», comenta Fedro, «excelente», exclama Aldo, y luego vuelve a pasar otros grupo de hombres vestidos de la misma manera que los otros, «¿son inmortales…?», pregunta Aldo con incredulidad y aguantando la respiración para no inhalar el olor invasivo de aquellos individuos, «no, no son inmortales», responde Fedro y agrega, «no sé qué los motiva ni quién está detrás de ese fenómeno pero me imagino que el tema de la inmortalidad tiene mucho que ver, hoy en día ese tipo de ideas han tomado un realismo nunca antes visto y cada vez se hacen más y más posibles», «de modo que la inmortalidad se encuentra gestante en el seno de la iglesia de la oscuridad, que irónico», comenta Aldo, «no quiero sacar conclusiones apresuradas, pero si ese fuese el caso me imagino que las razones por las cuales esas personas se encuentran internadas aquí es por  los procedimientos que se deben estar utilizando», «entiendo…», comenta Aldo.

Aldo y Fedro llegan a un gran salón de aspecto imperial y se disponen en dirección a un ascensor, luego Fedro llama el ascensor y ambos esperan algunos segundos, luego el ascensor llega y se abre la puerta, pues, entran y la puerta se cierra, Fedro dirige el ascensor al piso 14 y ambos vuelven a esperar en silencio por algunos segundos, luego la puerta se abre y Fedro y Aldo penetran en otro salón que está conectado a la terraza y ambos recorren el salón para salir a la terraza. Ya casi van a ser las 6:00 pm y el cielo de Marte se presenta ya despejado y con un intenso rojo y acompañado de una gigantesca luna que parece palpitar frente a Aldo y Fedro. «Qué hermosa vista», comenta Aldo, «sabía que te gustaría», responde Fedro, «¿y en qué íbamos?», pregunta Aldo y reanuda, «ah, sí…pienso que el pecado es la sublimación de lo depravado», «sé a dónde quieres llegar pero prosigue», responde Fedro, «pienso que un término más adecuado para el pecado es “error” pero no se le llama así sino pecado por el prejuicio moral, además pienso que la intensidad de este prejuicio genera una energía simbólica que bien puede complacer a quien perpetra el pecado o irse en su contra, que es lo que conocemos como cargo de consciencia», argumenta Aldo, «en otras palabras se puede decir que sin prejuicio no hay pecado sino error y que sería dificultoso sentir placer por un error», opina Fedro, «también se puede decir que el pecado podría no ser un error sino un acierto», responde Aldo, «podría darse el caso, es por eso que existen las iglesias de la senda de la luz y las iglesias de la senda de la oscuridad, porque eventualmente resultan discrepancias intelectuales y emocionales en relación con la religión», objeta Fedro, «y qué me puedes decir acerca del sexo en relación con el pecado?», inquiere Aldo, «opino que el tema del sexo en relación con el pecado se resume de la misma forma que el tema de la depravación, o sea, que las personas pueden deformar su naturaleza con deseos irrealizables y que en última instancia puedan ser hirientes tanto con ellos mismos como con los demás», argumenta Fedro, «magistral», exclama Aldo, «y encima, el sexo posee una naturaleza banal y efímera, pues, luego del calvario pasional el sexo caerá en una inevitable futilidad, la cual puede desilusionarnos o desilusionar a los demás», concluye Fedro, «es decir que el sexo se censura porque puede avergonzarnos con sus exigencias y defraudarnos con su caducidad y con su intrascendencia», opina Aldo, «en el peor de los casos…», responde Fedro.

Luego hay unos minutos de silencio en los que Aldo y Fedro contemplan el paisaje; «¿has visto la gente del planeta tierra?», pregunta Fedro, «sí», responde Aldo observando la neblinosa metrópolis, «considero que hemos cambiado mucho y que esto se debe al cambio de ambiente», comenta Fedro, «sé a qué te refieres…», dice Aldo, «lo que sucedió en Urano no fue solo una cuestión ambiental», dice Fedro, «el planeta los cambió…y es posible que haya sucedido lo mismo en otros planetas», responde Aldo, «a veces sospecho que la falta de música y de iluminación nos impide convencernos de lo evidente», afirma Fedro y pregunta, «¿hay algo más que quieras decir?», «no podemos comprobar ninguna de estas conjeturas pero creo que las cosas sucedían a una velocidad distinta en Urano, no podría ni siquiera insinuar si eran más rápidas o más lentas de lo normal», responde Aldo, «¿algo más?», inquiere Fedro, «no», responde Aldo fríamente.

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