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Y desde mi ventana
observo la lluvia ácida
y mi oído deleita
el lloro del murciélago…

y el sueño de tus tetas,
frías como el metal,
bulle en mi corazón
hasta el fin de los tiempos,

igualmente el recuerdo
de tu letal saliva
que cerró mi caletre,

o el peso de tus nalgas
que tanto me asfixiaban
en mis días satánicos.

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