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Como quien de la muerte ha regresado,
de una muerte arraigada y enraizada
en las profundidades de mis sesos,
abro mis ojos, pues, y me despierto;

y el vaho que agoniza en mi aposento
tal como una azufrada cabellera,
danza estático y encima del prepucio
magmático y viscoso de las sombras.

Posteriormente, pues, la exangüe luz
de la ciudad por la ventana invade,
luego ondean las hojas de los libros;

y columbro mi inerte ordenador
como un portal universal…y en medio
de la dysania, mórbido suspiro.

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