83

En el árido ombligo del infierno
blande su espada ofídica Satán;
guardián vencido, autómata cadáver,
caballo que su pinga zarandea.

Y por el céfiro invernal y frígido,
susurra la arboleda desollada,
y desclava un violáceo contrapunto
de aquellas oquedades cadavéricas.

Y extingue con sus alas el asombro
e inmortaliza la monotonía;
extraña su psicosis el enfermo.

Y enrosca las verdades en su cola
y las torna execrables, repulsivas;
fina la sicalipsis del pecado.

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