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En una noche ciega en la que el firmamento
hecho un ardiente abismo de estas violáceas sangres,
sonámbulo, errabundo, yo me deslizo flámeo
en el bosque esotérico de mi obscuro intelecto.

En un bosque rugiente, osario de pilares,
que es la encarnación misma de mi anímico acervo,
recorro el vericueto de mis dulces recuerdos,
cuajados y maduros, como un brebaje amnésico.

Y mis sofismas íntimos, mártires y verdugos,
cual procesión malsana de escuincles autoengaños,
se alargan y deforman como obsoletas sombras;

y aquellas percepciones que tengo de este mundo
rebosan mis sesera y cesan su existencia,
—¡oh!, leñador noctívago de ausencias metamórficas—.

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