Todas las entradas por John

11

Hoy me siento tentado por todo lo lejano,
por la muerte o el talento, por el confín del círculo,
y en un fiero oleaje de ácidas cordilleras,
las cuales se asemejan a mis afectos mórbidos.

Y tentado me encuentro de locura postiza,
de realidad alterna y de fractal vacío;
y asqueado de los yerros propios y ajenos, pues,
tentado a formatear la creación completa.

El báculo endiablado de mi insatisfacción
a la sed es análogo, a la sed de las aguas,
—deliro inexistente en negras osamentas—;

y soy como una pieza de algún rompecabezas,
por una ansiedad crónica, quemada y retorcida,
—aspiro a la llenura mediante lo imposible—.

10

Oh, Satanás, transmuta los yerros en fetiches
y convierte en sapiencia la muda hibernación,
transmuta los accesos del insecto en vendimias
y haz de la inexistencia la morada del rejo.

Oh, Satanás, concédeme el diablesco talento
para creer que aquello que yo no exteriorizo
no duerme en mis entrañas cual colectiva hipnosis,
y haz de las vejaciones ponzoña y medicina.

Dótame con la ruina y con la destrucción,
y haz del miedo mi sable, del amor mis cadenas,
y haz que nunca la furia en los rostros se asome;

con eufemismos púrgame, con blasfemias piadosas,
y cuando yo rebaje con humor la amargura,
oh, Satanás, defráudame con el pasivo olvido.

9

En una noche ciega en la que el firmamento
hecho un ardiente abismo de estas violáceas sangres,
sonámbulo, errabundo, yo me deslizo flámeo
en el bosque esotérico de mi obscuro intelecto.

En un bosque rugiente, osario de pilares,
que es la encarnación misma de mi anímico acervo,
recorro el vericueto de mis dulces recuerdos,
cuajados y maduros, como un brebaje amnésico.

Y mis sofismas íntimos, mártires y verdugos,
cual procesión malsana de escuincles autoengaños,
se alargan y deforman como obsoletas sombras;

y aquellas percepciones que tengo de este mundo
rebosan mis sesera y cesan su existencia,
—¡oh!, leñador noctívago de ausencias metamórficas—.

8

El deseo sublima las cosas en la mente
y las merma y las seca la inercia y la apatía;
los deseos ajenos, adrede o no, nos juzgan,
y se puede juzgar cuando no se desea,

sea que no se juzgue por descuido u omisión;
el deseo es un juez de indirecta sentencia,
afín al subterfugio y que la objeción veda,
ergo, es supervivencia emulando hedonismo.

El deseo nos hace esclavos dependientes
y también nos enseña que es la incompletitud,
y nos hace creer que es placer el alivio;

el deseo proviene de la mente y del mundo,
de no ser congruentes con el mundo y la mente,
los cuales son absurdos por males digestivos.