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86

En medio de la eterna oscuridad,
arde mi entendimiento, impertérrito,
semejante al pabilo de una vela;
y sentado en la nada yo cavilo.

Y atrona mi corazón cual un bombo
destruyendo universos de silencio,
de silencio capcioso y sugestivo;
y entre diablos bostezo, nigromántico.

Y extingo yo la fe de mi enemigo
como quien sopla un diente de león,
e ingrávidos mis ojos se deslíen.

Y en una helada sangre de limones
vierto yo cien encrespados ciempiés;
y oro yo por mis faltas viperinas.

85

Camino bajo la lluvia, bucólico,
y cual células del mar la concibo,
y ascético la vista vuelvo atrás
para exhumar aquel sendero arcaico,

el cuál es el carrete de mis pasos;
y un eclipse sus negros rayos vierte
pues, como una eyaculación malévola,
sobre la urbe suicida y predadora.

De un gato observo el básico sosiego,
el cual observa, a su vez, la llovizna,
y medito sobre la evolución

sobre la amarga evolución senil
la cual es como un árbol de traiciones
y que diserta sobre lo perfecto.

84

Maniacodepresivos son los besos,
un sanguinario relámpago son,
y son los besos sadomasoquistas,
cual el llanto sin lágrimas son estos;

son cual catar un vacío perfume
o como un paroxismo todo etéreo,
y son como un labial canibalismo,
como una cacería lingual son.

Como el presentimiento más rosáceo,
como la inspiración o el argumento
o como tibia paranoia son;

y son como una infecta candidez,
como el ensueño de la confusión,
un banquete insaboro son los besos.

83

En el árido ombligo del infierno
blande su espada ofídica Satán;
guardián vencido, autómata cadáver,
caballo que su pinga zarandea.

Y por el céfiro invernal y frígido,
susurra la arboleda desollada,
y desclava un violáceo contrapunto
de aquellas oquedades cadavéricas.

Y extingue con sus alas el asombro
e inmortaliza la monotonía;
extraña su psicosis el enfermo.

Y enrosca las verdades en su cola
y las torna execrables, repulsivas;
fina la sicalipsis del pecado.

82

Como quien de la muerte ha regresado,
de una muerte arraigada y enraizada
en las profundidades de mis sesos,
abro mis ojos, pues, y me despierto;

y el vaho que agoniza en mi aposento
tal como una azufrada cabellera,
danza estático y encima del prepucio
magmático y viscoso de las sombras.

Posteriormente, pues, la exangüe luz
de la ciudad por la ventana invade,
luego ondean las hojas de los libros;

y columbro mi inerte ordenador
como un portal universal…y en medio
de la dysania, mórbido suspiro.

81

Como un glaciar de sangres ardo yo,
con un fuego cebado por la astenia,
como si un bosque hubiese en mis cenizas;
y en el oscuro trono de la gula,

postrado por aqueste detrimento,
yo me consumo como el tiempo mismo
y esta consumición me multiplica,
me resucita de esta consunción.

Y en este disonante estado psíquico
con mi veneno estoy purificándome
y también madurando mi intelecto;

y en un ciclón de luz andando estoy,
envuelto en una calma luminosa
y no cernícalo en tormentas pútridas.

80

Mientras en la necrópolis divago,
saltan de las entrañas de la tierra
como de una espantosa sopa hirviente,
los cadáveres todos putrefactos;

y heridos por vivir sus onirismos
pareciendo anacrónicos demonios,
se consagran a duelos so flemáticos
entre desbaratadas calaveras,

y por estas vivencias se lamentan,
que de haberlas vivído, equivaldrían
a meras menudencias infantiles…

pues, con el tiempo, como cualquier cosa;
y con brujescas nostalgias me drogo
y unas ráfagas cortan los lamentos.

79

Perpetuo hierve el sol
cual pócima mortífera
sobre el ácido averno,
mientras ondean ánimas

cual rasgada cortina
sobre la emocional
carroña de este mundo,
y yo, agujero negro,

cautivo en mis memorias
mis ardores expulso
como un pulpo su tinta.

Ay, ave sanguinaria,
quien caza al cazador
y al sabio desambigua.

78

Razonan ellos para persuadirse
de algo que no es en ellos ni real,
y aquello que es real en estas gentes
podría ser un llano y simple error,

por ejemplo, se orientan estas gentes
al optar por la senda del sistema
como aquel que comparte su insolvencia,
como aquel que comparte sus virtudes.

Y no hay nada de insólito en lo cierto,
como tampoco hay nada de quimérico
en el amanecer o anochecer;

y se asemeja al ojo lo que es cierto,
ergo, también caduca el invidente
del mismo modo que el pintor expira.

Pues, excepcionalmente se cavila
solamente en razón de los caprichos,
y en razón de no ser un masoquista.