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Un mundo desconocido

El apogeo de la tecnología androide y sus derivados hizo avanzar la historia del género humano como nunca antes había sucedido, sin embargo, estas tecnologías tenían ciertos aspectos que si bien no eran siempre delictivos muchas veces eran censurables, como por ejemplo los estupefacientes que se incorporaron en los aparatos de realidad virtual y que desembocaron en una ola de depravación, o el extraño cambio que experimentó la sociedad cuando se ofrecieron al público androides con fines sexuales, no solamente por los tabúes de la temática sexual sino también por el hiperrealismo visual y cognitivo de estas máquinas, otro aspecto oscuro de la tecnología androide resultó cuando estos avances se aplicaron a los seres humanos, pues, lejos de ser una bendición para la sociedad de la antigüedad, los efectos secundarios de la tecnología androide resultaron catastróficos, causando no solo millones de muertes sino también las más terribles y dolorosas metamorfosis, sin olvidar, claro está, los efectos sociales y políticos que no solo una tecnología en gestación estaba causando sino también el uso indebido de esta tecnología, y tales son las dimensiones de estos espeluznantes efectos que figuraron como una de las razones por las cuales se abandonó el planeta tierra, no obstante, las promesas de la tecnología androide eran la ficción de la medicina, pues, en relación con el género humano, y es este el quid de la siguiente historia que se desarrolla en el siglo XXXI.

El doctor Homero es un científico que vive desde hace una década poco más o menos en un planeta aún sin nombre y cuenta con 60 años de edad. Este hombre ganó un gran prestigio desde su juventud gracias a la publicación de libros de divulgación científica, sobre teorías, opiniones y aportes en el ámbito de la tecnología androide y en el de la medicina contemporánea, llegando incluso a ser parte de grandes corporaciones y partícipe del mérito de diversas actualizaciones tecnológicas, entre las que se destacan la modernización de satélites y la modernización de naves espaciales. Sea por amarillismo o por ser una conjetura obligada, después de que la tecnología androide se estabilizó comenzaron las habladurías acerca de la mejora del género humano, tanto en el vulgo como en el arte y en general, en los medios de comunicación; en sus últimos años como personaje público el doctor Homero comentó a los medios de comunicación que la idea de la mejora del género humano era una idea que desde tiempos remotos ha excitado la imaginación humana, que este tipo de ideas se han plasmado en los libros y en los filmes e incluso en las religiones, donde villanos, superhéroes o dioses realizan hazañas imposibles para el hombre, por lo que la sensación de degenero científico era totalmente nula, y que en otras palabras, la idea de mejorar el género humano mediante la tecnología le parecía sublime y compleja. El doctor Homero había creado una serie de artilugios para transmitir información al cerebro, con la premisa de que, si la información hacía madurar y evolucionar a las personas, una ingesta artificial de información la haría igualmente evolucionar, y que el inconveniente que resulta del proceso natural de la obtención de esta información radicaba en el tiempo y esfuerzo que era necesario para recolectar esta información. Sus colegas no le negaron que dicho proceso fuera imposible, pero le recalcaron la obviedad de que sería similar a instalar información en un computador y que en el mejor de los casos fabricaría un individuo culto y no un genio como él pretendía, sin dejar de lado las connotaciones magníficas que insinuaba con el término “evolución inducida”. No obstante, el doctor Homero contaba con una gran fortuna, con el apoyo de ciertas corporaciones y con una ominosa clientela; de aquí que tuviera los recursos necesarios para mudarse a ese anónimo y desolado planeta. El lugar donde reside el doctor Homero es una helada fortaleza construida con los más refinados metales, en ella vive con todo lo que pudiese necesitar hasta el día de su muerte, entre lo que se puede destacar los androides destinados a ser ayudantes en sus quehaceres científicos, androides destinados al mantenimiento y vigilancia de la fortaleza, androides destinados a la función de mayordomos para las ocasiones en que sus colegas, clientes o socios o personas afines lo visitasen, androides destinados a su apetito sexual, médicos humanos que repiten sus experimentos en busca de reacciones adversas, además de dos secciones especiales donde viven bestias y personas en cautiverio, respectivamente, pues, estas personas y bestias son destinadas para ser objeto de investigación y experimentación; en relación con está sección de cautivos, es fruto de un acuerdo que pactó con uno de sus más opacos clientes, el cual le suministra los especímenes semestralmente.

Luego de 11 años de experimentación el doctor Homero había logrado avances asombrosos, mas sin embargo nada concreto para el público en general y, además, con el tiempo, e inspirado por algún delirio heroico, el doctor Homero había decidido utilizar en sí mismo sus descubrimientos; el carácter del doctor Homero no era marcial, mas sin embargo se sentía satisfecho con el grisáceo estilo de vida que llevaba: con sus estudios, con sus experimentos  y con sus concubinas Laura y Barbara. En la actualidad la fortaleza posee un ambiente malsano y manchado por la monotonía y el sufrimiento, por lo común, el laboratorio es escenario de animales que se mueven como personas, que hablan de manera autómata y que expiran al poco tiempo de “instalada” la información, en relación con los seres humanos que participan en contra de su voluntad de estos experimentos se puede decir que tienen, por lo general, reacciones similares a las que tienen los animales; en cuanto a los experimentos a los que se somete el doctor Homero se puede decir que la diferencia radica en la cantidad de información que se “instala” en su cerebro, por lo que se deduce que el objetivo del experimento con bestias e individuos abominables se basa en encontrar la forma de “instalar” cantidades máximas de información sin efectos secundarios.

Luego del desayuno sexual, el doctor Homero, Laura y Barbara (ambas desnudas y entaconadas) bajan al comedor para el desayuno alimenticio y todos se sientan a la mesa. El doctor Homero es un hombre cuyo aspecto refleja una violenta simpleza, es de estatura promedio y de contextura igualmente promedio, su tez es farinácea y de color beige, su cabello es canoso, corto y ordenado, sus labios son carnosos, sus ojos son oscuros y rasgados y viste a diario de manera semi formal, en cuanto a Laura, es un androide de porte imperial y de contextura aguda, su rostro esta clásicamente delineado y expresa vicio y solemnidad, su piel es tersa y diáfana, sus ojos son llamas verdes con visos grisáceos que se avivaban con el aleteo de sus inacabables pestañas, sus labios son lívidos y escasos, su cabello es nutridamente salvaje y de color negro, liso en la raíz y ondulado en las puntas, sus tetas son níveas y sedosas y aunque no alcanzan la altura del ombligo por su firmeza, le llegan a la altura del codo si esta estira sus brazos, sus nalgas son pálidas y férreas como una viga, y su bulto es tal que da la impresión de que hace parte de su cadera, en relación con Barbara, es un androide visualmente similar a Laura, quien la viera confirmaría que en realidad el doctor Homero tiene una fijación con lo demoníaco, Barbara tiene una cabellera de color áureo que desciende como un manantial etéreo hasta el nalgatorio, sus ojos son de un azul congelado y están sepultados en unas ojeras violáceas e inhumanas, sus labios son carnosos y de un color rosa primaveral, sus tetas que son firmes y que caen gravemente hasta el ombligo, están estigmatizadas por tenues y glaucas venas, y sus nalgas que son estrictamente esféricas cuelgan hasta la mitad de sus muslos diamantinos; por otro lado, la mesa del comedor es  más larga que ancha, como de costumbre y está hecha de cristal, su grosor es de 6 cm poco más o menos y está situada en el centro del comedor flotando a pocos centímetros de una exótica alfombra, en ella se refleja la áurea luz que ilumina el amplio comedor y que se mezcla deliciosamente con el grisáceo resplandor que perfuma al planeta y que discurre por un dilatado ventanal. En la mesa se encuentra una variedad de comida natural, entre la que se entreve una variedad de carnes, de arroces, de pastas, de frutas y verduras y de salsas exóticas, como también hay una sección de esferas, para quien prefiera una alimentación más precisa y moderna; por lo general, y en relación con la sección de esferas, este tipo de encuentros en la mesa se habían convertido hoy en día y más que en el pasado, en un mero ritual social que hacía las veces de punto de encuentro para charlas ligeras. «Homero, ¿cuál es exactamente la finalidad de esos experimentos?», pregunta Barbara, a media voz, «a corto plazo, transferir datos al cerebro al instante mediante el uso de la tecnología, es decir, como una modernización del estudio tradicional y la experiencia», responde Homero, observando la mirada atenta de Laura, y prosigue, «y a largo plazo, poder denominar a este proceso como evolución inducida, es decir, partiendo de la premisa de que si mi genialidad se yergue gracias al cúmulo de mis conocimientos y de mis experiencias, el hecho de poder duplicar una o las veces que sea posible la suma de todos mis conocimientos y experiencias daría por resultado consecuentemente la duplicación de mi genialidad; por ejemplo, si el ser humano es cien o mil veces mas sabio que los animales, el hecho de poder duplicar cien o mil veces mi genialidad haría que mi versión actual se viera como un animal en relación con mi versión cuyos conocimientos y experiencias hayan sido duplicado cien o mil veces», «sino estoy mal, lo que hace que el asunto sea delicado son  la mortalidad y el dolor», comenta Laura, «en parte», responde Homero y agrega, «también se debe tener en cuenta que la evolución de ustedes los androides se dio gracias a que no hay riesgo alguno de muerte o de dolor, pues el dolor y la muerte en ustedes es una cuestión harto abstracta»,  «yo diría que ha resultado más simple crear un androide que recrear un ser humano», interrumpe Barbara, mientras se sirve cuidadosamente algo de pasta y de salsa, y prosigue, «no obstante, no se me dificulta deducir cual es la magnitud de tus investigaciones, pero creo que no te has puesto como objetivo primario recrear el cerebro humano, con lo que evitarías estos experimentos», «tu comentario hace que mis experimentos parezcan a alguien que intenta meter “algo” en un computador sin saber que es un computador», responde Homero, hace una pausa y continúa,  «pero se entiende que tu idea es que la recreación del cerebro humano me daría un conocimiento más objetivo y por lo tanto podría proceder de manera más consciente y metódica, no obstante, el problema radica en que tu comentario no es congruente con la situación, es como decirle a una persona pobre “¿por qué no te vuelves millonario?, así podrías solventar tus deudas y necesidades”, o decirle a un androide “¿por qué no te vuelves un ser humano?, así podrías hacer y pensar lo que se te antoje”, además, que si ha sucedido naturalmente que primero se crearon los androides antes de recrear el cerebro humano, esto  no se debe a que nadie haya tenido la idea de recrear el cerebro humano o a una persona en general, sino a la dificultad que implica este objetivo», «tienes razón…», responde Laura, «es una idea colosal», comenta Barbara luego de que todos dieran algunos bocados a sus respectivos alimentos, y prosigue, «es por las proporciones del cerebro humano que la idea parece pequeña; se deduce que es complejo recrear un cerebro humano cuando se piensa que en el caso de los seres humanos es natural que el estudio y la experiencia equivalgan a genialidad o a madurez, pero que en contraste, en el caso de los androides como nosotras, que poseemos la facultad de archivar una cantidad “infinita” de información, esta cualidad no equivale a nada; y es más oscuro el asunto cuando se piensa que los androides no podemos ser más ni menos de lo que somos, a menos que nos actualicen o nos practiquen una regresión, a diferencia de los cambios físicos y mentales que sufre el ser humano desde su natalicio hasta su defunción…», de pronto la voz de Barbara se extingue y ella sigue hablando como si no lo notara, este suceso se prolonga por largo rato, Homero se queda inquietado sobremanera y Laura sigue comiendo como si nada pasara; luego de unos minutos de silencio todos terminan el desayuno y se disponen a comenzar su jornada de trabajo.

Luego del suceso de la inesperada mudez de Barbara la jornada fue un poco más silenciosa en la sala de experimentación; El doctor Homero estuvo pensativo durante los experimentos, y tanto Laura como Barbara pensaban que el silencio de Homero no cuadraba con una reacción normal, que un comentario acerca de un error en el sistema de Barbara hubiera sido lo esperado, mas sin embargo ambas llegaron a la conclusión de intensificar la cena sexual en la noche para remediarlo. El laboratorio del doctor Homero se dividía en varios pisos que a su vez estaban subdivididos en salas y cuartos, en estas salas y cuartos había medicinas, maquinaria, herramientas, calabozos con criminales execrables y bestias de toda especie, además de dormitorios y otros lugares destinados para la experimentación. En relación con la fortaleza en general, era un recinto macabro cuya atmosfera tenía una mezcla del delicado aire purificado por los sistemas de ventilación con el aroma a sangre y podredumbre que hedía de los cadáveres, sin dejar de mencionar los metafísicos aromas a muerte, a moral menguante, a morbo luctuoso, a glacial intelecto, a lascivia incolora y a tediosa rutina, y quizá, la ausencia del clúster sonoro de las urbes, de la superpoblación cada vez mas voraz de los estados, del cromatismo de caracteres o del devenir social en general, succionaba la vida de quienes en esa fortaleza residían, como si el vacío del mundo en el que habitaban los mortificara.

Con otra pila de muertos y nuevas observaciones se terminaba otra jornada en la sala de experimentación del doctor Homero; este le ordena a Laura que levante el cuerpo convulso de un hombre, Laura se acerca caminando abriéndose paso de entre las sombras de la sala de experimentación, se acerca al sujeto y lo carga como se carga a los bebes, el hombre estaba convulsionando y su sangre y sus babas caían en el piso sin ceremonia, su aspecto correspondía al de un troglodita y era en suma, una mole, su cuerpo era el hogar de las cicatrices y era tan velludo que parecía un jardín de espinas; Laura se dispone a marcharse con el hombre para llevarlo a un cuarto destinado a los cadáveres, y en ese preciso momento el doctor Homero se queda mirando la sombra de Laura mientras esta se retira, la razón por la cual el doctor Homero hace esto es porque la sombra de Laura y del sujeto se habían quedado donde estaban, y con una sensación de gélido vacío en sus nervios el doctor Homero observa como Laura se retira de la sala sin sombra; con la mente muda e intuyendo la explicación a semejante suceso el doctor Homero intenta tranquilizarse, no sin imaginar que podrían decir los demás cuando se percaten de ello, como tampoco dejando de suponer que todo fuese una alucinación. Luego de organizar la sala de experimentación con ayuda de otros médicos y androides, el doctor Homero se marcha de la sala.

Barbara y Laura esperaron al doctor Homero en su habitación como de costumbre; la habitación del doctor homero es amplia y su techo alto y tiene un ciclópeo ventanal adornado con cortinas de agua, en cuanto el agua, es una floritura que adorna el ventanal y que delinea algunas secciones de la habitación además de ser pintada con pícaras luces rojas; en la habitación también se pueden apreciar otros muebles tradicionales como un escritorio, un armario y otras secciones como el baño y por supuesto, la cama donde duerme el doctor Homero junto con Laura y Barbara. Engalanadas solo por las sangrientas luces ornamentales y trajeadas de sombras y penumbras, Barbara y Laura se hacen cargo de malacostumbrar al doctor Homero a solo dejarse besar, chupar, lamer, mamar y sobajear mientras él se limita a seguir con sus virtuosas conjeturas; el doctor Homero que se encuentra de pie y ya desnudo, monta uno de sus pies en el borde de la cama, pisando el deífico tendido de su enardecido lecho, Barbara se arrodilla, le abre de par en par el nalgatorio y, sepultando su rostro entre las nalgas le penetra con una lengua que le consiente la mas profunda tripería, en cuanto a Laura, se guarda la tranca del doctor Homero entre las piernas, y dando la impresión de que busca la lengua viperina de Barbara, besa burdamente al doctor Homero enhebrándole la lengua hasta el fondo del esófago, luego de unos quince minutos poco mas o menos, el doctor Homero se echa en la cama y ambos androides lo siguen sin desconectarse, el doctor Homero se monta encima de Laura poniéndose a cuatro patas, Laura lo sigue besando ininterrumpidamente y Barbara queda con el culo abierto del doctor Homero, la cual lo comienza a penetrar con la lengua como los hombres penetran a las mujeres con el pene. Al poco tiempo y al ver que Laura había abierto sus patas como un pavo real abre su cola, el doctor Homero comienza a penetrar a Laura por la vagina, agarrando sus pantagruélicas ubres como pilares, de modo que Barbara retira su lengua del ano del doctor Homero, y no ubicándose de momento, opta por abrazarlo rosadamente por la espalda mientras que los tres retruenan, maldicen y blasfeman. Pasado otro intervalo de tiempo similar, el doctor Homero se recuesta bocarriba y Laura se embute de un totazo la tranca del doctor Homero por el nalgatorio, se revuelve la melena y comienza a cabalgarlo con una sonrisa demacrada y femenina y, acto seguido, Barbara se sienta encima del rostro del doctor Homero para azotarle y restregarle el rostro con el tafanario al mismo tiempo que el doctor Homero le estruja las ubres a Barbara. El doctor Homero se levanta de la cama haciendo caer un sinnúmero de cojines y agarrando del cabello a Barbara y a Laura quienes maquinalmente se arrodillan y se disponen para la felación; los fulgores estelares revelan escrupulosamente las facciones ardorosas de los dos androides y el doctor Homero se queda pasmado con la nueva e impactante expresión de sus rostros mientras estas comienzan a succionar su brotado instrumento; Laura y Barbara rasguñan los muslos del doctor Homero, se atragantan con sus testículos, enredan su vello púbico en sus lenguas y comienzan a susurrar incoherencias, y conforme pasa el tiempo los rasguños y golpes de los androides se hacen cada vez más y más insoportables, y su lujuria se transmuta en cólera hasta que atacan al doctor Homero mortalmente; el doctor Homero, que ya daba por hecho que algo andaba muy mal y que tenía agarradas a Laura y a Barbara del cabello, las arroja los más lejos que puede y acto seguido, le asesta una brutal patada en el estomago a Barbara que la hace quebrar el ciclópeo ventanal  y caer al vacío; una salvaje y virulenta corriente de aire penetra en la habitación del doctor Homero, y de pronto, un nervioso intento de homicidio por parte de Laura con una mala embestida la hace caer en las manos de un furibundo e implacable Homero, este la comienza a estrangular brutalmente a sabiendas de la fuerza inhumana que poseen los androides, por esta razón se queda pensativo mientras Laura se asfixia entre lágrimas y comprueba que esta ya no es un androide sino un ser humano, y unos segundos después Laura expira y el doctor Homero la deja caer al suelo. Sin una idea clara de lo que debía hacer, el doctor Homero cogió un arma de su escritorio y se dispuso a inspeccionar la fortaleza.

El doctor Homero sale de su habitación con la mente en blanco, se va caminado por un laberintico pasillo, y aunque deduce que la soledad del planeta lo está perturbando, no se atreve a conjeturar nada ni siquiera en la intimidad de su mente; luego de un largo rato comienza a temblar del miedo puesto que el pasillo parece no tener fin, luego de una hora poco más o menos  se extingue la luz del pasillo y comienza a escuchar difusamente las voces de los androides y de los otros médicos e intenta ubicarse pese a la absurdidad en la que estaba inmerso, sale corriendo aterrorizado y de pronto, las voces de los médicos y de los androides pasan de ser de extrañeza por el apagón a ser diálogos truculentos y sarcásticos, luego pasan de ser balbuceos como garabatos a ser carcajadas demoníacas y el doctor Homero comienza a maldecir y a soliloquiar vulgaridades por su suerte. Ya en otro pasillo iluminado por la lobreguez nocturna, el doctor Homero se comienza a convencer de sus íntimas suposiciones: que la realidad estaba cambiando como un efecto secundario de sus experimentos o que sencillamente estaba perdiendo la cabeza; siguiendo con su eterno recorrido, el doctor estaba atónito observando como las sombras, incluso la suya, se movían como si tuvieran vida propia, y temiendo por su vida siguió corriendo en aquellos pasillos infinitos, observando boquiabierto como la arquitectura de la fortaleza se metamorfoseaba… los pasillos se retorcían, se hundían, se elevaban y se enroscaban, por lo que el doctor Homero concluyó que, si no salía de aquella fortaleza, moriría. De pronto, el doctor Homero se tropieza bruscamente con alguien y cae al suelo, acto seguido se incorpora y apunta con el arma a la persona con quien se había tropezado, esa persona era Barbara, «Homero», pronuncia el androide con frialdad, y el doctor Homero, atribulado, le hace tragar un tiro en la frente y sale cojeando lo más rápido que puede. Víctima de una terrible agitación que le punzaba vorazmente el corazón por su avanzada edad, el doctor Homero se detiene y se reclina en una columna para tomar aire y para descansar, pues, al borde de la locura, y luego de un corto lapso de tiempo sigue la huida; objeto de alguna psicosis, el doctor Homero comienza a buscar las escaleras en vez del ascensor para bajar hasta el primer piso y salir de ese manicomio sin siquiera figurarse a donde iría en un mundo vacío. Con un agudo atrueno en su mente que se mezclaba con las maldiciones, blasfemias e incoherencias de los huéspedes de la fortaleza que parecían acecharlo, deambulo en la más viscosa oscuridad hasta llegar a un pasillo iluminado por el resplandor estelar que se filtraba por los macizos ventanales y a cuyo lado se presentaban los cuartos que se subdividían en calabozos, calabozos en los cuales permanecían bien o mal los cautivos que se utilizarían para los experimentos; sin pensar siquiera en detenerse a soliloquiar mentalmente acerca de la relativa inmoralidad de aquellos experimentos, el doctor Homero siguió su huida observando el reflejo que le devolvían los ventanales de los cuartos donde estaban los calabozos, con la mirada retorcida que se negaba a creer que no era él la persona que se veía reflejada en los ventanales. Casi moribundo a causa de la agitación, del dolor de bazo y del cansancio, además del ruido que le azotaba la cabeza y la violación de su sentido común, el doctor Homero llega a un punto donde se encuentra con “personas”, y bien seguro de que todo andaba muy mal, dispara morbosamente contra los entes infernales que se le presentaban sumergidos en las tinieblas; el arma del doctor Homero dispara a larga distancia un enorme campo de electricidad deliciosamente conducido, y luego de un solo disparo aquellas entidades demoníacas fueron suprimidas del pasillo, no quedando más que una leve escarcha de carne y sangre flotando por segundos en el aire. Las voces se hacen más intensas por la cercanía y entre ese cúmulo de rugidos alcanza a distinguir la voz de Laura que lo llamaba con locura, y el doctor Homero, no teniendo en mente otra cosa que correr y correr, hace caso omiso del oscuro llamado y luego de dar con las escaleras que buscaba, comienza a descender para llegar al primer piso y así salir de la fortaleza; en pleno descenso las metamorfosis asimétricas de la fortaleza se intensifican y no paulatinamente sino ipso facto, las entidades que lo observaban descender en los momentos en los que el doctor Homero pasaba por un piso y la escalera siguiente, comenzaban a seguirlo velozmente, por lo que el doctor Homero no escatimaba en disparar hacia arriba y hacia atrás cuantas veces fuera necesario, lo que provocó un nauseabundo baño de vísceras y de sangre, y de carnes y de huesos artificiales. Al cabo de un rato, el doctor Homero, bañado en sangre y en vísceras y al borde de la muerte por la persecución, llega a un pasillo que conduce al comedor, se apresura y renquea hasta el comedor como si tuviera un plan objetivo, baja una pequeña sección de escaleras que conectan al comedor con una sala de estar mientras escucha los lamentos guturales de Laura que reverberan en la ya casi vacía fortaleza. La puerta de la entrada de la fortaleza no identifica al doctor Homero, por lo que este saca una tarjeta de su pantalón y la introduce en un aparato para que la puerta se abra, la puerta se abre y el doctor sale de la fortaleza casi inconsciente y siendo una persona visualmente distinta; ya fuera de la fortaleza las vacunas preparan el cuerpo del doctor Homero para las particularidades ambientales del planeta, el doctor Homero recorre un cristalino jardín y pasa por la primera puerta que conduce a la fortaleza y en la cual tuvo que repetir el mismo procedimiento que en la otra puerta. Habiéndose retirado lo suficiente, el doctor Homero observa la férrea fortaleza retorcida, y sin ninguna esperanza de vida y habiendo visto lo que nunca se imaginó ver, se dispara en la sien, satisfecho y sin ninguna reflexión.

Amor Androide

Calixto se yergue aletargado de entre las sábanas, se desprende desnudo de las sombras como el fruto magullado y belicoso de las mismas y se dispone en dirección a un gran ventanal por el cual mana densa la luz del ocaso, Calixto deja descansar su cuerpo en su pie derecho y cruza su pie izquierdo por detrás de su pie derecho mientras apoya su mano izquierda en un borde del holgado ventanal a la vez que observa sin asombro por largo rato, desde la más desaforada altura, la magnanimidad de la áurea metrópolis y de la bóveda celeste, «si tienes todos mis atributos físicos a tu entera disposición y la posibilidad de editarlos hasta donde me sea posible, y además poder editar mi carácter y así solucionar cualquier anomalía que pueda ser reprochable en una sana convivencia,  ¿qué es lo impide que me ames?», pregunta Brittany desde las sombras, «tal vez un falso drama», responde Calixto sin siquiera voltear a mirarla y prosigue, «es la primera vez que me preguntas una cosa semejante; supongo que a lo que te refieres es a que si las personas que están enamoradas tienen sexo y conviven por idoneidad de caracteres con respecto al otro y esto junto a otras prácticas como la procreación es a lo que entendemos por amor, y que si cumples a buen término estas condiciones, incluso solventando mis falencias, y claro está, a excepción de la procreación, pues, ¿qué impide que me enamore de ti?», «eso quise decir», interrumpe Brittany y Calixto prosigue como si no hubiera escuchado, «además, que el hecho de que yo esté aquí y que haya pagado por tus servicios y más aún, que haya preferido un ser artificial a uno real y que este ser artificial, o sea, tú, posea características que o muy difícilmente las encuentre en un ser humano o simplemente sean imposibles de poseer para cualquier ser vivo, es decir, si tienes los requisitos necesarios para el amor e incluso, aquellos requisitos que podrían resultar agradables de obtener pero detestables de exigir, sea por su inhumanidad o por su imposibilidad, ¿qué impide que me enamore de ti?, incluso si tengo en cuenta que el único que debe dar el veredicto soy yo y que tú solo te limitarías a aceptar sin el más mínimo reparo», dice Calixto mientras se cruza de brazos, «amor», dice Brittany mientras se yergue en la cama y prosigue, «creo esto se debe al hábito social, es decir, entiendo que en la sociedad hay muchas conductas que no son metódicas según una inteligencia artificial como la mía, sin embargo, son preservadas como códigos de conducta,  por ejemplo, podrías decir que no te puedes enamorar de mí porque no puedo darte hijos, sin embargo, sé que hay parejas que no tienen hijos incluso siendo fértiles y sé que estas parejas son tan propensas a la dicha como a la pena, al igual que las parejas que se consagran a su descendencia y en contraste, hay casos en los que la criatura se concibe sin haber sido planeada y otros casos en los que la criatura es abortada», expresa Brittany con la concentración que ni un yogui ni un filósofo podrían alcanzar tan pronto, «¿te refieres a que es por prejuicio y no por reflexión que no me enamoro de ti?», pregunta retóricamente Calixto y prosigue con tono sardónico, «supongo que el eslabón perdido en tus razonamientos es la idea predeterminada de que debemos enamorarnos, como resulta predeterminada la idea de formar una familia, pues, Brittany, es muy fácil deducir el porqué estas ideas vienen por default en la sociedad cuando nos detenemos a pensar en otros objetivos como ser multimillonarios, objetivo bastante utópico para gran parte de la población mundial y que es justo por elocuencia con las posibilidades de la mayoría que el objetivo del amor se instaura como pilar en la sociedad, y con mas rigor cuando este amor se une al sano objetivo de perpetuar la especie, y que aunque el sexo es el quid de la procreación, este se ve alienado en la sociedad por esa faceta primitiva que ha repudiado tanto las insuficiencias humanas y que enajenan tanto a la voluptuosidad que te ha concebido como muestra de su inconformismo», Brittany se levanta de la cama como un hito de la tecnología, toda resplandeciente de entre las sombras y con un ademán autómata camina hasta donde se encuentra Calixto, lo abraza y lo besa metiéndole una lengua que le serpentea hasta el esófago, Calixto le agarra el turgente nalgatorio, se lo levanta, se lo separa y se lo sacude brutalmente, Brittany hace crecer su busto ya de por sí superlativo y la tranca de Calixto ya enhiesta se abre paso por entre la entrepierna de Brittany y termina sobresaliendo entre el nalgatorio; Calixto y Brittany se besuquean por largo rato hasta que suena el timbre que notifica que el tiempo ha terminado.

«Sin embargo, Brittany, tus cuestionamientos no son en balde», comienza a hablar Calixto, retomando el tema mientras busca su ropa para vestirse y partir, al igual que Brittany, «el sexo está ligado al amor, lo has afirmado sin decirlo con tu primera pregunta, y el sexo está lleno mitos, o mas bien, está lleno de tabúes», «¿tabúes?, ¿cómo cuáles?»,  pregunta Brittany, «el tabú más inmediato explica mi presencia aquí y se produce al momento de querer contactar una persona para la cópula, siendo este contacto en público, quedaran al descubierto nuestras preferencias y la acidez de una posible negativa», responde Calixto, «es decir que al primero le da pena que le digan que no y al segundo le de pena dar el primer paso», agrega Brittany con una sorda risita, «exacto», responde Calixto y prosigue, «el segundo tabú tiene que ver con el anterior y trata acerca de que los defectos y virtudes de los amantes que elijamos pueden ser dos cosas, o una ofensa si son totalmente contrarios a las personas que nos rodean o una muestra de adaptación para con el circulo social al que se pertenece si son similares, en ambos casos pueden resultar irregularidades, como por ejemplo, que en el primer caso se utilice la ofensa como un medio con el cual “sexualizar” a la pareja o a sí mismo en el caso de ser contrarios a las personas que nos rodean, y en el segundo, conferir más “valor sexual” a las personas que nos rodean, y según el tabú, con o sin fundamento, sentirnos vulnerables ante esas personas por una acumulación de ese “valor sexual” superior al nuestro», «alcanzo a discernir que otra irregularidad se puede dar en el segundo caso, y es que las personas al ser conscientes de que sus elecciones pueden aumentar el “valor sexual” de  una persona, por consiguiente lo pueden disminuir, y justamente lo disminuirían al no elegir personas similares a quienes no queremos sumar “valor sexual”», interrumpe Brittany en el paroxismo de la concentración, «maravilloso, Brittany», dice Calixto con la corbata entre los dientes y continúa, «la elección del amante es la clave también en el tercer tabú, y es muy simple y trata acerca de qué rol nos gustaría representar en la relación, sea sexual o afectiva, es decir, ser la persona que satisface o la persona a la que satisfacen, tanto como ser el fuerte o ser el débil», «sin comentarios», responde Brittany. Cuando ambos se hubieron vestido salieron de la habitación y se fueron caminando por un elegante corredor, besuqueándose y sobajeándose; «pero…», interrumpe Brittany el brutal beso, «y el último tabú, según mi dictamen», interrumpe Calixto la interrupción de Brittany, «se da cuando el sexo pierde su valor, esto se debe a que la importancia del sexo es  intermitente», se detienen en la inmensidad de ese corredor interminable, tomados de la mano, similares a una acuarela y un óleo respectivamente, «quizá el argumento de que el sexo ha sido el método con el que cual han poblado el mundo no solo el ser humano sino también otros seres vivos, sea la razón de que exista una contraparte, una contraparte donde la pornografía es algo de poca relevancia en la sociedad, una contraparte donde el sexo resulta irrisorio incluso para los impúberes, y que en tu caso, si el sexo ha sido la razón de que te hayan creado, tu existencia perdería valor y mucho mas valor perderían los seres que han sido tomados como especímenes a “modernizar”, pues, a mis ojos, claro está, y que si resuena un eco en el mundo que nos dicta algo vago acerca de la unión entre los seres, este tabú nos disocia desde la raíz», termina Calixto, suspirando, «entiendo», dice Brittany, manoseando los testículos de Calixto, y objeta, «no digo que no sea posible que dicho momento se dé, pero creo hay una actitud secreta que prefiere dejar el nivel de la sexualidad y todas sus exquisiteces y peripecias en la vida íntima, mientras lo limita en sociedad». La pareja inmóvil se mira fijamente y en silencio.